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Nací de un torbellino en el que volaban unos perros, unos leones, diez mil budas, tres selvas, una cascada, cientos de esfinges, un mago, una chamana, un gusano, una mariposa y una libélula, mil significantes y un significado, lo real, lo simbólico y Jerusalén. Y como el viento que arrancó las hojas rojas, verdes y azules del guanaco para crear al sagrado pájaro quetzal, quiso el torbellino que despertara el cuerpo y danzara la mente para ver nacer el mito.

domingo, 31 de mayo de 2015

La Carretera de los Huesos

La Carretera de los HuesosLa autopista de Kolimá, o M56, atraviesa el Extremo Oriente Ruso. Conecta Magadán y Yakutsk y es la única carretera de la zona, por lo que también es conocida como “La Ruta”, o Trassa (que es como se dice en ruso), ya que no necesita ningún nombre especial para distinguirla de otras.

Dimitri cruzaba semanalmente la M56 en su camión repartidor de la empresa El Corte Ruso. La mayoría de personas que recorrían La Ruta se dirigían desde Magadán o Yakutsk hasta el interior, por lo que al tramo central casi no se le hacía mantenimiento y se encontraba en muy mal estado.

Es por ello que, este tramo, se convirtió hace tiempo en un reto para motociclistas aventureros, y es denominado “La Carretera de los Huesos”.

Dimitri, alardeaba entre sus conocidos de su gran proeza semanal, pues era de los pocos que atravesaban La Ruta completa. Desde que Ewan MacGregor la hizo célebre en 2004 en su viaje con Charlie Boorman, Dimitri escribía un blog con información detallada, que era de los más visitados por motoristas de todo el planeta.

Pero el mal estado de la parte central de la M56 no era el único motivo por el que se la conocía como La Carretera de los Huesos.

Pasado el pueblo de Tomtor, Dimitri tomó el sendero del bosque, adentrándose en el lugar en el que habitaba la más famosa figura del folklore y la mitología rusa, guiado por las indicaciones de su navegador GPS.

Varios kilómetros después, Dimitri divisó la vieja casa de madera. Justo en el punto de encuentro.

Dimitri se dispuso a bajar de su camión, abrigándose de manera profusa. Aquel invierno, el vecino pueblo de Tomtor se había proclamado el lugar habitado más frío del planeta, con una temperatura de -71 grados.

Abrió la puerta del vehículo, saltando al suelo, y, frotándose las manos con vigor, se aproximó a la vieja cabaña que se erigía sobre dos enormes patas de gallina.
Dimitri se extrañó al no encontrar el gran almirez de madera y la escoba sobre las que solía viajar la dueña de la casa, y se preguntó si tal vez había salido.

Al acercarse, las patas de gallina realizaron una genuflexión para que Dimitri pudiera llamar a la puerta.

-Izbushka, Izbushka- Dijo Dimitri en ruso. Lo que significaba: “Casita, Casita” –Da la espalda al bosque y el frente hacia mí.

Automáticamente, la puerta se abrió y Dimitri pudo acceder al interior de la vivienda. Las luces, estaban encendidas, y un suave olor salía de la cocina.

-¿Babá Yagá? – Preguntó el hombre.
-¿Quién anda ahí?- Una voz aguda y quebrada surgió del cuarto contiguo
-¡El Corte en Casa, Babá Yagá!. ¡Soy Dimitri!

La vieja y arrugada mujer asomó su flotante melena gris y su nariz azul por el quicio de la puerta.

Dimitri dio un respingo. Durante años, de niño, había tenido pesadillas con la imagen de la cruel bruja.

-¡Ay, hijo! ¡Qué susto me has dado!- Dijo la mujer ante el asombro de su visitante- Tengo que poner un timbre en esa puerta. ¡Todo el mundo se sabe las palabras para entrar en mi casa!

-Lo que tiene que hacer es poner es una alarma, señora- Contestó el hombre colocando una caja sobre la mesa que había en medio de la estancia.

Desde que Dimitri llevaba los pedidos a la bruja, la casa contaba con una moderna instalación eléctrica y bombillas de bajo consumo. Nada de cráneos de niños en los que colocar velas, según narraban los distintos cuentos sobre Babá Yagá, a lo largo de la historia. Observando la estancia, Dimitri pensó que la mujer debía contar con un buen generador, puesto que las patas de gallina llevaban la cabaña por todo el bosque, así que era imposible suministrarle electricidad, ni ninguna otra cosa. El repartidor, avisaba a la mujer del día de entrega del pedido para encontrar la casita en el punto acordado.

-¡Una alarma! – la anciana se dirigió hacia la mesa en la que Dimitri había colocado su pedido.- ¡Qué sabré yo de eso!- Al caminar, un sonar característico invadió la estancia. El chocar de su pata de palo contra la madera.

“Babá Yagá Pata de Palo”, pensó el hombre, a la vez que recordaba de nuevo los cuentos de su niñez: “Dormíos pronto o Babá Yagá vendrá a llevaros en un saco y os comerá”. Dimitri, sintió un escalofrío en el estómago. Era bien sabido que la bruja no hacía ascos a comerse a un adulto, a los que respetaba siempre que pudiera obtener algo de ellos.

El hombre miró con curiosidad a la mujer. Intentando apartar los pensamientos que le invadían, sacó un pequeño dossier de papel.

-Verá. Vienen unas de oferta en el nuevo catálogo, señora. Mire, se lo he traído.
-¿Ah, sí?- contestó la mujer- Ahora me lo enseñas…
Babá Yagá comenzó a vaciar la caja del Supermercado, comprobando el pedido en un listado, sobre cuyas líneas pasaba una afilada y amarillenta uña seguida de su calloso y arrugado dedo índice.

-¿Qué está cocinando?- Preguntó Dimitri, para darle conversación a la anciana.
-Pollo- Contestó ésta secamente.
-Déjeme que la ayude – dijo entonces el hombre, comprobando que la mayoría del pedido eran botes de conservas y bandejas de verdura.
-Estoy a régimen- Dijo la bruja a modo de explicación, ante la mirada de asombro de Dimitri.
-¡Pero si está muy delgada! – dijo él.
-Jajaja… -rió estruendosamente la vieja. A pesar de que Babá Yagá se comportaba como cualquier anciana del vecino pueblo, su aspecto seguía siendo temible. Dimitri luchaba por no imaginar murciélagos saliendo de su a gran y oscura boca – Es que tengo un contrato para participar en un videojuego de esos, o cómo se llame- explicó- A ver, cuéntame eso de las alarmas.

Dimitri abrió el catálogo por la mitad.

-Esta es- dijo.
-“Securscaya”- leyó la mujer.
-Es la mejor del mercado- explicó Dimitri.
-¿Cómo funciona? –preguntó la anciana.
-La instala usted en la puerta. O si quiere puedo hacerlo yo. Sólo puede abrirse con un código. Si alguien quiere entrar sin el código la llaman por teléfono, para saber si es usted, y en caso contrario llaman a la Policía…
-Jajajaja… A la Policía, ¡qué bueno!...- Dimitri miró divertido a la mujer a la que había dado un ataque de risa, al que siguió un ataque de tos- Cog, cog… en fin… continúa- decía la bruja secando las lágrimas de sus ojos con la manga de su viejo vestido- Y ¿cómo saben que soy yo la que ha cogido el teléfono?
-Por qué le pedirán una palabra clave- contestó Dimitri- ¿Pero no utilice “Ibushka, ibushka”!

Esta vez los dos rompieron a reír. Dimitri se sintió conmovido por la risa de la vieja bruja. A pesar de su nariz azulada y su crispada melena gris, sus ojos chispeaban como las de las abuelas que cada día veía en el mercado.

-Claro, claro…- La mujer secó de nuevo las lágrimas con la manga de su vestido- Está bien, lo pensaré.
-Dese prisa- le dijo Dimitri- Este mes hay una oferta y regalan las dos primeras cuotas- La mujer asintió ojeando el catálogo, mientras el hombre recogía y se dirigía a la puerta- Por cierto, dijo antes de irse- ¿Dónde están su escoba y su almirez?
-¡Bah! Los tiré. Eran trastos viejos. Ahora tengo una moto ¿sabes? Está en el taller del pueblo. Me la están poniendo a punto.
-¿En serio?- El hombre se rascó la cabeza intentando imaginarse a la bruja en una motocicleta.
-No creas que me gusta mucho ir por carretera, hijo, es muy peligroso. pero bueno, ¡hay que modernizarse!.
-¡Está bien, señora! Me marcho. ¡Hasta la próxima vez!
-Ten cuidado con la carretera hijo.
-No se preocupe, Babá Yagá.- Dimitri saltó al camino cubierto de nieve desde la puerta de la casa subida a las patas de gallina. Subiendo con presteza a su camión, enfiló el sendero de vuelta.

“Creo que daré la vuelta y me quedaré a dormir en el pueblo” pensó. Quería saber si había alguna noticia del último motorista que le había contactado a través de su blog. Un joven francés, que se disponía a recorrer la Carretera de los Huesos hace unos días.

En la vieja Ibushka, la bruja Babá Yagá murmuraba entre sus viejos y ennegrecidos dientes de piedra. Frente al espejo, la flotante melena gris y su enorme nariz azul, enmarcaban su arrugada cara de complacencia, mientras se probaba una gruesa cazadora de cuero.


-Oh, lala, mon amour, tres belle…., será mejor que se quite el abrigo para la cena, mademoiselle. Acompáñeme. Hoy tenemos spècialites françaises.

20150411 Humanizando al Monstruo.

La petición

Era una hermosa mañana. Demasiado hermosa para dejar que aquella mujer se la arruinara. El sol lucía y el mar parecía de plata desde los cristales del elegante restaurante del Club Náutico.

Odiaba todo y a todos, pero todavía se estremecía cuando los rayos del sol se posaban sobre él.

La camarera llenó su copa antes de dejar la botella en el cubo repleto de hielo.

El Moêt sabía distinto aquel día. No le gustaba. No le gustaba nada. Burbujas de mal presentimiento se elevaban a través del líquido dorado y giraban en la superficie, ante su atenta mirada.

-¿Desea otra cosa, señor?– Preguntó la mujer.
-Sí- Contestó secamente- Traigame un whiskey. Solo.
- En seguida, señor.

Oyó unos pasos a su espalda. Había transcurrido muy poco tiempo para tratarse de la camarera. Esperó. Una peluca rubia con flequillo y unas gafas de sol se interpusieron entre sus ojos y el mar. Eric, dejó su mirada en el horizonte. No la miró.

-Llegas tarde– espetó como único saludo. Elena no contestó. Apartó a un lado la silla frente a él y se sentó. 

La camarera apareció con el whiskey.

- ¿La Señora tomará algo?

Elena miró la champanera con la botella de Moêt casi intacta.

-No, gracias-, dijo, a la vez que llenaba con ella su copa. Estoy servida- Su voz sonaba grave. Arrastraba las palabras como si pesaran toneladas. Como si brotaran de un lugar lejano, olvidado, casi inexistente.

-¿A qué vienen estas chorradas?– Eric hizo un gesto casi imperceptible con la barbilla hacia la peluca y las gafas. 
- En esta ciudad todavía hay mucha gente que me conoce- Contestó Elena, cabizbaja y con un hilo de voz- Además, ¿a tí que te importa?

Eric se levantó bruscamente y le arrancó las gafas de la cara. Esgrimiéndolas fente a ella continuó:

-Óyeme, cuida tus modales. Me debes mucho.

Elena, asustada, acomodó la peluca que se había ladeado con el inesperado gesto. Echándose para atrás, habló de nuevo, casi con un susurro.

-Vaya. Mira quién habla de modales.

Poco a poco, la mujer recobró la compostura. Apoyó los codos sobre la mesa y bebió de nuevo, solo un pequeño sorbo, mientras apretaba, nerviosamente, el tallo de la copa entre sus dedos.

Eric se sentó y arrojó las gafas sobre la mesa.



-Creo que no hemos venido a hablar de protocolo- Dijo aflojando el impecable nudo de su corbata.

Fijó su mirada en un velero que entraba en el muelle y bebió. Apretaba los dientes a la vez que sus dedos alrededor del vaso de whiskey. Mil y una vez había lamentado no seguir los consejos de su contacto en Bogotá.

-La chica vive– Le dijo– Pero eso es algo que se puede arreglar.

En aquel momento se escandalizó. Habían pasado cinco años desde la desaparición. Cinco largos años de búsqueda, de espera, de largas noches de vigilia compartiendo el dolor de Ana, viendo cómo se deshacía en llanto entre sus brazos.

Juan, el marido de Ana, era reportero en conflictos bélicos. Había partido con su equipo hacia Colombia para negociar con la guerrilla la liberación de unos compañeros de EFE.
A los pocos días se hallaron los cuerpos de dos de los miembros de la expedición. No se sabía nada de Juan ni de Elena, la otra superviviente.

Eric no sabía a quién más acudir. Había utilizado los canales oficiales y los no oficiales, gastando ingentes cantidades de dinero. Estaba arruinado. Literalmente. Sobre su prestigiosa editorial pesaba una orden de embargo.

Fue entonces cuando se enredó en otros negocios. Menos limpios que aquella tibia mañana.Pero salió a flote. Como las burbujas de su caro champagne.

-No te costará mucho- Continuó aquel hombre desde el otro lado del teléfono- Está en Lima, tenemos gente allí que actuará por poco dinero.
-No, no. No hay problema por el dinero– Decía Eric, entre sentimientos encontrados. La inicial alegría por el hallazgo dio paso a un estremecimiento de pánico. Apartó el teléfono de su rostro. Hacía tan solo unos días que Ana había aceptado su eterna propuesta de matrimonio. Tan solo una decena de días había durado la dicha. Eric se llevó de nuevo el teléfono al oído– No será necesario– continuó- ¿Qué hay del hombre?
-Creemos que murió. Ella estaba embarazada cuando desaparecieron. La ayudaron a salir del país con otro nombre.
-¿Quién?
-Alguien que ya no importa. Tenía problemas y acudió a nosotros, vendiendo la información, aunque no pudimos ayudarle. Encontramos la pista de la chica. Vive modestamente en el distrito de Miraflores. Tiene una tienda de fotografía.
-Quiero hablar con ella. ¿Es posible?
- Claro. Hay algo más.
- ¿Qué?
-El niño. Creemos que es de él. Se llama Juan y es su viva imagen– Eric empalideció. “Maldición”, pensó- Por eso pensamos que está muerto, no creemos que ella renunciara a buscarle.

¡Mierda! Eric pensó si no hubiera sido mejor saberlo antes. La mujer que amaba penaba por aquel hombre que la engañaba con su compañera. ¿Cómo no lo habían sospechado? Se mesó los cabellos mientras pensaba a toda velocidad. No, era mejor dejar todo como estaba.

-Dejadla. Quiero hablar con ella. Encárgate de hacer el contacto.

El sol entraba a raudales por el gran ventanal. La sombra de la mujer se extendía sobre la mesa. Eric bebió de nuevo y dejó el vaso sobre el mantel golpeando con fuerza. Tenía que haber aceptado la propuesta de aquel tipo. Dejar que el problema desapareciera. Miró a la mujer.

-¿Qué quieres?, ¿A qué has venido?– Le preguntó, con desprecio- Teníamos un acuerdo. ¿Qué estás haciendo aquí?

Durante los dos últimos años se había encargado de ella y del niño. Había comprado su silencio y no le había salido barato. Nada barato. Ella no debía regresar.

-Quiero que "Ella" se quede con el niño- respondió Elena.
-¿Quién?
-Ana. Tu mujer.

Esta vez, Eric apretó con demasiada fuerza. El hielo rodó sobre la mesa seguido del gran vaso y cubriendo de whiskey la blanca tela.

-¿Qué? Debes estar loca...
-No. No lo estoy. Te lo aseguro. – contestó ella sin inmutarse.
-¿Cuánto quieres esta vez?
-Lo que yo quiero tú no puedes dármelo.

La camarera acudió a cambiar el mantel. Depositó un nuevo vaso de whiskey frente al hombre. Esperó un segundo unas simples gracias que nunca llegaron. Elena miró fijamente a un Eric corrompido y despreciable. Esperó a que la camarera se retirara.

-Tengo leucemia- dijo.

Eric sostuvo la mirada de la mujer sin mover un músculo de la cara. Agarró el nuevo vaso y agitó nerviosamente su contenido haciendo que los hielos tintinearan

-Me quedan tres meses de vida– Terminó de decir Elena.

El hombre se llevó la mano a la cabeza. Sujetó el puente de su nariz con los dedos mientras cerraba los ojos. Al abrirlos miró a la chica.

-Yo me ocuparé. No le faltará nada– Dijo.
-Tú no lo entiendes.
-Ni falta que hace. No la verás. No te preocupes por el niño. Me ocuparé de todo. Yo mismo le llevaré a ponerte flores al cementerio.

Elena clavó en el hombre unos claros ojos llenos de lágrimas. Bajo su mano derecha, el impecable mantel recién extendido se arrugaba y se llenaba de la ira contenida que no se permitía verter. Dos surcos de dolor empaparon su cara durante unos eternos segundos. Tomando la servilleta, perfectamente doblada, secó sus ojos pintando el blanco paño de rímel.

Impasible, Eric miraba de nuevo al horizonte. De pronto, Elena comenzó a reír nerviosamente. El hombre la miró. Su estómago le advirtió de que algo no iba bien.

-Yo me encargaré de eso– Escuchó a su espalda.

Eric se estremeció cuando Ana le puso su mano sobre el hombro. El inconfundible perfume a flores blancas acompañó su voz, firme y seca. Se giró hacia ella para encontrarse con la viva imagen de la ira. Nunca la había visto así.

-Ana...- balbuceó.
-Elena y yo hemos hablado esta mañana– Le cortó ella- Y tu abogado y el mío lo harán esta tarde.


Con un seco ademán, la mujer deslizó la alianza que adornaba su dedo anular y la soltó sobre el vaso de whiskey. 

La nota prolongada de la joya al chocar contra el hielo, quedó suspendida en el aire mientras ella alejaba.

20150406 Personajes.



lunes, 30 de marzo de 2015

El superviviente


-Quita, maluno, despelado -. Empuja con ajados nudillos, a un lado, el saco de huesos de abrigo ocre. Comparten las pulgas, el agua, la comida, las risas y los males que bailan en segundos eternos, encallados en relojes que se dibujan entre el humo y las nubes. -Quita, ya voy, echa a un lado -. El flaco de pelo rojo se pega a su pierna. –No digas nada que no sirve, calla.Quita, maluno, despelado -. Empuja con ajados nudillos, a un lado, el saco de huesos de abrigo ocre. Comparten las pulgas, el agua, la comida, las risas y los males que bailan en segundos eternos, encallados en relojes que se dibujan entre el humo y las nubes. 

-Quita, ya voy, echa a un lado -. El flaco de pelo rojo se pega a su pierna. –No digas nada que no sirve, calla.

El gato no escucha, llama, zigzaguea, ronronea. Maúlla por la boca y si no por las tripas. El viejo le deja pasar entre sus piernas, a la vez que se envuelve en el desgastado paño quizá verde que aprieta, una y otra, vez contra su cuerpo.
Los chafados diarios pegados a su piel, no son suficientes. La mañana le vence, tose. Acerca los torpes dedos a la boca y exhala. La negra cueva, llena de vacío, hedor, y podredumbre devuelve un poco de calor a sus yemas. Asiente, levemente complacido. Pero no. Nada puede contra ella.

Es una enemiga grande, sutil. La incómoda compañera que se cuela hasta los huesos sin que nadie la haya invitado.
Espera la llegada del alba en su lecho de cartón, acunado por los sueños. Ella, la gran malvada, le moja, le arruga, le comprime.

Oxida su chasis, sus circuitos, enmohece los hilos que un día trenzaron magníficos bíceps anclados a un nombre de mujer.
De nuevo, la tormenta le visita en la noche. Como un saco le zarandea. Siente los golpes en todo su cuerpo, una y otra vez, contra un lado y otro de la madera. La voz se le escapa. Traga. Agua y sal. De nuevo. Ahora sí. Escupe y respira. Pero ahora lo sabe. La muerte le busca. La huele. Los dedos como garfios agarran la barca que se deshace en sus manos. Y entonces despierta.

La ola no llega. Sin embargo la siente. Heladora, cubriendo su piel, su ropa. Aprieta el  paño, tal vez verde, contra su pecho. El empapado paño que un día fue verde.
Se sienta. Coloca las cajas. No hay barco, no hay redes. No hay tormenta. El llanto felino suena de nuevo. Encuentra unos globos amarillos. Muy grandes. Muy amarillos. O tal vez no. Tal vez no hay suficiente luz alrededor y por eso sobresalen tanto.

-Ven, anda, peluno, me despiertas –. El animal le lame los dedos que asoman por los agujereados mitones-. Yo también tengo hambre. Vamos.

El viejo buque despliega su veladura, y cojea levemente. Es ella, la mala, la cruel, que esta noche le venció en forma de relente.

Tose. Tose de nuevo y resuena su ajada caja. Se apoya en el muro.

-Venga, peluno, arranca, no hagamos esperar a la Juana.

El flaco de pelo rojo suelta un maullido y le sigue.

Las luces de la mañana tiñen el cielo de rosa y añil. Como cantos de lobo se oyen las voces del muelle.
La vieja cocina de Juana le trae recuerdos de antaño. La buena mujer le cuida, aunque nadie lo quiera.

"Mala suerte" le dicen. Pero Ella no. Ella dice, “¿quién sino tú, tuvo suerte?”. La Juana le empuja sobre un taburete. No le saluda. Le da una taza.
El desconchado metal en sus manos le recuerda lo que es el calor.

-Qué Martín. Cómo va el lumbago –. La Juana le mira mientras se toma el caldo.

-¡Bah! No tiene remedio. Ponle algo, anda – le dice bajito mirando al gato.

-Ay madre, ¡que busque en la basura, como todos!

-Venga mujer. Un poco de leche.

-Para tí hay. Para él no.

-Bueno pues para mí…

El gato famélico abre bien los ojos. Atusa su pelo y bigotes con la dignidad que no tiene. Huele el aire y sale corriendo.

-¿Ves? – dice la Juana con la leche en la mano. -Un desagradecido… Martín, ¿me oyes?

No. Martín no la oye. La cara esculpida en espanto no tiene voz, ni color. La decrépita efigie del viejo aúlla dolor en silencio.

-Oye, Martín-.  Le empuja la Juana. -¡Te quedaste tieso!.. ¿me oyes?, ¡Escucha!  

-Calla mujer. – contesta. Tira la taza al suelo. -La parca está aquí, vieja. Ha venido de nuevo a buscarme.

-¿Qué dices loco?

-Qué sí, Juana, ve, corre, avisa a todos.

La Juana no escucha a Martín. El griterío del muelle la saca de casa y corre al muelle. La Juana ya no es la Juana sino una lejana silueta. Una voz màs, formando parte de un coro de asombro bajo la enorme pluma.
A tan solo unos pasos se alza, sostenida por la gran polea del puerto. Siete metros de bestia blanca.

La gigantesca capucha viscosa en forma de navaja, deja escapar bajo su falda ocho largos brazos, que se extienden por el suelo entre piernas y pescado.

-La parca -susurra Martín, encerrado en la niebla de los recuerdos.


Las voces del muelle envuelven su sueño. Los dedos como garfios aferrados a la barca que se deshace en sus manos. Un monstruoso látigo que apresa sus pies. Se suelta. Traga. Agua y sal. Traga de nuevo. Y ahora sí, ahora aire.
Un golpe le rasga el rostro y le retuerce el hombro. El grueso tentáculo le recuerda que, ningún hombre con brazos de acero, anclados a nombres de mujer, puede a la muerte.

Le enorme pluma emerge del agua. Agita ocho brazos en el aire antes de cobrarse seis vidas y un barco.

-¿Puedo ir? - el nieto de la Juana se asoma a la puerta asustado. Busca permiso para ver al monstruo.

-Espera – Martín se levanta.

-¿Es un calamar gigante? – pregunta el niño, acercándose apenas.

-Es el diablo… - susurra el viejo.

-La abuela dice que los monstruos no existen, que te inventas cuentos por que estás algo loco… - Martín coloca sus torcidos dedos en el cabello del muchacho.

-Cuentos, sí. Anda, corre y di a la abuela que venga...

El eco acompaña las pisadas del niño al corretear… Martín aprieta el paño algo verde contra su cuerpo y levanta la mano hasta colocarla en su frente. La improvisada visera calma sus ojos. Agradece el calor en la piel. Una fina línea va cobrando cuerpo y se convierte en la Juana acercándose. La Juana sonríe.

-Viejo, qué bueno. Comerás calamar las próximas semanas. Está buenísimo. Ve, han hecho unas brasas junto a la barca. Los niños se van a empachar. Y ese gato tuyo… ¿cómo iba a querer leche? ¡Se ha puesto fino!

-Es la parca, Juana. ¿No entiendes? Ha vuelto. Viene a buscarme.

-Antes nos morimos todos que tú, fíjate lo que te digo. – le aparta la mujer para entrar.

-Que no, Juana. – Martín se gira hacia ella tomando sus brazos con fuerzas que ya no tiene..

-¡Qué sí hombre! - Le grita ella. - Anda ve – le empuja.

El viejo buque, sin ganas, cojea mientras se acerca al muelle. La Juana, le observa desde la puerta. Junto a ella, un viejo retrato cuela de un desgastado marco.
La Juana lo toma entre sus manos. Desde la desgastada imagen los rostros del pasado posan junto al barco que no regresó.

Solo Martín apareció al cabo de una semana en la playa, junto a un pedazo de la embarcación. Nada quedaba de su cuerpo fuerte y sus brazos de acero.
Deliró meses y meses. Pero vivió. Aunque loco, estaba vivo. Nunca supieron qué pasó.

La Juana acaricia el amarillo papel y pasa suavemente su dedo arrugado por la barbilla del hombre más a la derecha. Era el único recuerdo que le quedaba de su Alonso.

-¡Abuela! ¡Abuela! Los hombres se están peleando. –el niño respira entrecortado,  en parte por la carrera, en parte por la emoción de los acontecimientos del día - ¡Abuela! ¿Me oyes?

-¿Qué dices, hijo?- La Juana coloca el portarretratos y sus pensamientos en la estantería.

-Abuela, ha venido el biólogo y no nos deja comer nada. Se ha puesto a prenderle fuego al bicho. Y el Martín, que casi ni se sostiene, va y le ayuda.

-¿Qué? – A lo lejos columnas de humo y ascienden sobre las voces de la contienda. Por un momento la Juana ve todo negro. Se frota los ojos. - ¿Qué dices, hijo? 

-Pues nada, abuela, que dicen que el calamar no se come… La mujer tuerce la boca y se echa las manos al estómago.

-Yo no he comido nada Abuela. ¡Abuela!, ¿está bien? 
La cara esculpida en espanto no tiene voz, ni color. La decrépita efigie de la Juana aúlla dolor en silencio.

En el umbral de la puerta, confundido por la niebla que comienza a instalarse en sus ojos emerge una figura.

-¡Abuela! – grita el niño mientras la mujer cae al suelo.
La Juana esboza una torpe sonrisa al ver junto a la puerta al Alonso, que avanza hacia ella con los brazos abiertos. Rodeando sus piernas y su torso, un enorme tentáculo aplasta sus huesos.
La Juana abraza a su marido entendiendo. Etéreas lágrimas bañan su rostro. A sus pies, en el suelo, su nieto zarandea su cuerpo propio cuerpo inerte, encogido. 

Junto a ella, un flaco saco de huesos con pelaje rojo yace muerto.

 20150302 El frío, el gato y el calamar gigante.

Shambala

-          Son las 05:00 horas del tercer día de la luna en el mes solar de Acuario, en el décimo tercer año del cuarto milenio sentipensante. Buen día, Argos.

La metálica voz del sistema de audio no había conseguido despertarle. Darma había regresado de su baile en brazos de Morfeo hacía ya unos minutos terrestres.

Darma tomó una última bocanada de aire de su respirador de dormir, antes de que dejara de funcionar, imaginando que era de color azul.

Le encantaba el azul. Imaginó que ese color teñía de turquesa sus pulmones, y los hacía más grandes, y mientras, tanteaba con las manos la pequeña cápsula en la que dormía, en busca de la escafandra.
Darma retuvo el aire y pensó que todo él se conviertía en un ser azul. Abrió los ojos, los tres, y el pequeño espejo sobre sus ojos le devolvió un rostro añil, rodeando el blanco de sus globos oculares y sus enormes pupilas anaranjadas. Darma sonrió, aprobador, antes de colocar la escafandra sobre su cabeza y soltar el aire en ella.

Darma accionó un pequeño botón transparente, y la enorme tapa de cristal que cerraba su cápsula de dormir se retiró silenciosamente. Dentro de ella todo era de color blanco. Fuera también. Darma se incorporó y observó cómo decenas de cápsulas inmaculadas dispuestas en un enorme receptáculo elíptico, también blanco, deslizaban de forma silenciosa sus tapas cristalinas, y de ellas emergían escafandras que, como peceras, albergaban peces de colores. Aquellos que cada sentipensante había escogido ese día para respirar, y que teñirían su piel para el resto del día.
Darma saltó de su cápsula. Su blanco traje espacial le protegía de las radiaciones cósmicas. Era el mismo traje que llevaban las decenas de sentipensantes que, al igual que él, saltaban de sus cápsulas para iniciar su entrenamiento en Argos.

-          Buenos días – saludó telepáticamente Darma a la especie de pecera que caminaba delante de él. La escafandra se volvió. Dos negros ojos sonreían por encima del respirador.

-          Buenos días, compañero.- Le devolvió Kendal el saludo.

-          Hoy es el día.

-          ¡En efecto! Hoy aterrizaremos en la Tierra, el planeta de nuestros antepasados.  ¿No es emocionante?

-          Ya lo creo. El planeta Azul.

-          Buen homenaje.- Le indicó Kendal refiriéndose al tono de piel que había elegido Darma.- Aunque ahora se le ve más bien rojo. – Kendal señaló con su segundo dedo índice el cristal de su escafandra, haciendo alusión al color que había elegido ese día.
Miraron por la ventana para observar el magnífico espectáculo de la nave acercándose a su destino. Un gran disco de color sangre apareció ante ellos. Lo contemplaron extasiados. Podía decirse que eran amigos. La amistad era una de las relaciones que todavía existían en la raza de los sentipensantes.

Al contrario que la especie dirigente, los pensaprogram de Shor, o los extraños y casi extintos emotilares, los sentipensantes todavía conjugaban ambas facultades, la de pensar y sentir, y por ello habían sobrevivido a la extinción de la mayoría de las especies. Aunque quedaban muy pocos.
Las crónicas que se relataban en Argos contaban cómo la raza humana, el origen de los sentipensantes, tuvo que huir de la Tierra al desaparecer la capa de ozono y quedar expuestos a las radiaciones y el calor del Sol. Su tecnología les permitió viajar por el espacio y encontrar otras civilizaciones que combinaban pensamiento y emoción, con las que procrearon y dando lugar a los diferentes especímenes a los que pertenecían Darma y Kendal. Sin embargo, esto nunca fue posible entre el resto de especies. Solo los terrícolas tenían esta facultad, así que todos los sentipensantes descendían de la Tierra.

Los dos amigos continuaban junto a la ventana. Se sintieron invadidos por la intensidad de la misión de aquel día.
-          Dicen que es imposible aguantar la temperatura. – Transmitió Darma a Kendal.

-          Argos no se acercará mucho más. – contestó Kendal. Tendremos que bajar en naves ignífugas. Hoy visitaremos la Ciudad Real.

Darma y Kendal entraron en la blanca sala de entrenamiento y tomaron asiento.
Darma buscó el tubo de avituallamiento y lo colocó en su vial, justo en el antebrazo derecho. Levantó la vista, observando las decenas de compañeros conectados mientras recibían las últimas instrucciones dictadas por audio por el Imperio de Shor, el sistema de computación cuántico que regía el Universo.

-          Atención, seres sentipensantes. Ha llegado el final de vuestra travesía. Os disponéis a embarcar en las naves ingnífugas para descender al planeta Tierra, cuna de vuestras distintas civilizaciones.

Vuestra misión es exclusivamente exploratoria. Vuestra instrucción a lo largo de los últimos años solares os ha preparado para sobrevivir a las duras condiciones que encontrareis.

La proyección oleográfica en medio de la Sala mostró unos rojos cañones cuyos grandes picos se confundían con el rojo del cielo. Los pensaprogram no habían conseguido comunicarse con los sentipensantes a través de la telepatía, así que utilizaban los antiguos sentidos de la vista y el oído, así como los códigos que componían las diferentes escrituras, para transmitirles sus mensajes.
-          Esta es la cadena del Himalaya. – sonó la voz metálica.- Al sur de la misma, se encontraba la India.

-          ¡Qué distinto a las imágenes de los picos nevados recortándose contra el cielo azul!- Le dirigió mentalmente Darma a Kendal.

-          Estás hoy de lo más poético – bromeó Kendal…

-          Su misión – continuó la voz cibernética - consistirá en encontrar la puerta a la antigua ciudad de Shambala, en la que seres intra-terrestres custodiaban la memoria de la humanidad...

-          Shambala…. – pensó Darma…

-          No la encontraremos – contestó Kendal. – Es un invento del budismo…

-          Tú siempre tan optimista – Darma le miró con el ojo sobre su frente mientras fijaba su mirada en la oleografía, e imaginaba cómo sería aquella tierra hace dos mil años terrestres, o quizá más… cuando las leyendas de los abominables hombres de las nieves asustaban a las tribus locales…

Proyectando una nueva imagen, la voz metálica sonó de nuevo:
-          Este es un ser de luz. – La oleografía mostraba un haz de luz blanca con forma humanoide y rasgos sin definir.- No es probable que lo encuentren, pero eran los guardianes de Shambala y no disponemos de registros que corroboren o desmientan su existencia ni su desaparición. No son peligrosos. No se pueden atrapar ni destruir. Si por un remoto e improbable azar cósmico se encontraran con alguno de ellos, lo más sensato es que entablen conversación y la graben. Disponen de las preguntas en el registro electrónico.

La imagen cambió de nuevo, proyectando imágenes de animales, emotilares terrestres que se correspondían con los señalados en los manuales como Tigres, Elefantes y Yetis.

-          Tampoco es probable que encuentren vida animal. No obstante, y aunque los emotilares son peligrosos e imposibles de dominar, les recordamos que disponen de armas paralizantes. Nos interesa estudiar cualquier forma de vida que pudiera quedar en la Tierra. Dispónganse a partir en sus naves ignífugas. Tienen 36 horas para completar la misión. Buena suerte.

Darma sabía que había un riesgo grande de que la nave partiera sin ellos. Sin embargo, sentía que aquel era el día más feliz de su vida.

Junto al resto de tripulantes, Darma y Kendal se dirigieron por los blancos corredores de Arcos hacia el muelle de despegue. Perfectamente dispuestas, se encontraban una decena de cápsulas redondeadas con aspecto gelatinoso y transparente, en cuyos interiores no había nada. Como pompas de jabón flotando a centímetros del suelo, esperaban a ser asignadas a sus correspondientes pilotos.

Darma y Kendal se vieron teletransportados de manera involuntaria hacia una de ellas. La nave, compuesta de aquella sustancia que repelía la radiación y las altas temperaturas, era ádemas una magnífica conductora de ondas de baja frecuencia, en las que se emitían las órdenes de navegación.

Los tripulantes no tenían nada que hacer, más que disfrutar del viaje, y estar bien atentos para volver a tiempo.

-          ¿Has consultado las coordenadas de aterrizaje?

-          Si, - contestó Kendal. Corresponden a la ubicación del que fue llamado el Monasterio de Cristal, en la antigua región de Dopo.

-          Vaya, la etnia Bon – Sonrió Darma.

-          Sí, la parte alternativa del Budismo. Dicen que fué la única construcción en la que existía una pintura del Yeti adorando a Buda.

-          ¿En serio? Vaya, pensaba que el enamorado del Budismo era yo.- replicó Darma, colocando sus manos en la postura de la antigua flor de Loto.

-          Bueno, me gusta documentarme cuando me juego la vida.- Contestó Kendal.

Un pequeño conjunto de pompas de jabón se desplazaron ingrávidamente por el cosmos hasta atravesar sin dificultad en la débil atmósfera terrestre. El disco rojo se fue acercando hasta perder su contorno. La aparentemente delicada burbuja, se separó del resto, iniciando su camino entre los profundos y orgullosos cañones.
-          ¿Y qué harás si te encuentras un ser de luz?

-          No tendremos esa suerte… Esos seres intra-terrestres ya eran una leyenda en la época humana. No sé cómo se han conservado las noticias de su improbable existencia hasta nuestros días. – dijo el escéptico Kendal.

-          Pero nadie duda de la existencia de Shambala . La Ciudad Real Subterránea está en muchos textos budistas, y los guardianes de los libros del conocimiento y la sabiduría humanas también. – replicó Darma.

-          Tonterías, discrepancias de los Bon con el resto de los budistas.

-          Cuidado, estamos a punto de tomar tierra. ¿Estas son las coordenadas?

-          Sí….

-          Espera, ¿lo has visto? – Señala Darma al frente asustado.

-          ¿El qué?- Dijo Kendal… ¿El abominable hombre de las nieves?

-          No… es como una vieja nave, una versión de ésta misma pero de hace bastante tiempo… está incrustada en la montaña.

Mientras la pequeña nave transparente se posa en el rojo y polvoriento suelo, los ojos anaranjados de un viejo rostro les espían con ansiedad tras una desgastada y gris escafandra.

Sin pretenderlo, lágrimas de colores surgen de aquellos tres pozos de asombro y desvelo, que siguen, sin poder evitarlo, al recién llegado rostro de color azul que tanto ha esperado.

Intenta desprenderse de la humedad en su mirada, y alzando de nuevo la cabeza acaricia, con su agrisado guante, el suave pelaje blanco, teñido apenas por el ocre polvo del camino. Su montura se vuelve a mirarla con ternura, y asiente.

Abrazado a su cintura, sobre los hombros de la enorme criatura, un alargado y débil ser de luz susurra en su oído.
-          Te lo dije. Es tu hijo.

 20150216 Ciencia Ficción.